Somos la guerra es una obra rota, como se rompen las aguas que anuncian el parto, como las primeras palabras del mundo, mojadas enseguida de lágrimas y sudor. La guerra siempre es anónima, doméstica y cotidiana. La guerra del trabajo, la violencia del parir, del llanto. La vida como calvario. Quien trabaja, pare o reza, vive con la esperanza de la prosperidad que vendrá: riquezas, descendencia, la salvación…crear, criar, creer.
En Somos la guerra el discurso es puramente intuitivo, inspirado en anécdotas, imágenes y referencias concretas de mi vida. La música electrónica, la influencia del folclore, de las imágenes marianas veneradas en mi tierra, Andalucía. El deseo de bailar más que de hacer danza, lo que el cuerpo que baila convoca o el impacto en mi cuerpo del nacimiento de mi hija: la anunciación, que lleva implícita la esperanza, y sus primeros años.
La necesidad de afrontar el proyecto de domesticación de la civilización humana. Son sensaciones que no he tratado de racionalizar ni resolver, pero que tienen que, ver sobre todo, con la vitalidad y la potencia que alcanzan los cuerpos mientras soportan el peso del mundo.