La última vez que visité a mi abuela Luz, de la que heredamos el nombre mi madre y yo, a la residencia de ancianos, pensé: no hay nada que nos dé más miedo que los cuerpos que huelen a muerte. Pensé en la obsolescencia de los cuerpos, en los cuerpos residuo. En la residencia como un punto limpio de objetos tecnológicos, un vertedero de lo que no cabe en el mundo y que esperamos pacientemente que el tiempo haga desaparecer. Depués pensé que es eso, exactamente, lo que hacemos con la memoria de nuestra propia vida, la familiar, con la memoria de los pueblos. Los desechos que acumulamos amontonados en las periferias, allá donde no podamos verlos ni olerlos, no son sólo materiales, sino narrativos, históricos, humanos. En La buena obra asistimos al olvido como proceso biológico, histórico y cultural. Unos cuerpos mayores de 65 años, al margen de la rueda de la economía, oficialmente improductivos, se desintegran ante nuestros ojos.
El proyecto está protagonizado por aproximadamente ocho personas mayores de 65 años que son seleccionadas por audición en cada ciudad en el que se representa La buena obra.